Lunes sagrado.

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Un sol,
cubierto por la espesa secreción de la ciudad.

Una ciudad,
moribunda por no poder ver el sol.

Arterias de caminantes dormidos.
Las piernas han memorizado el camino.
Ojos tristes. Somnolientos.
Bocas cerradas. No entran moscas.

El ritual de la vida ha empezado.
Lunes sagrado.
Decepcionante regalo.
Incoherente mandato.

Despierta el sueño escondido.
Quiere salir y gritar.
Unas alas para volar.
Un escape a otro sitio.

El ritual de la vida ha empezado.
Lunes sagrado.
Decepcionante regalo.
Incoherente mandato.

Lunes Sagrado. Víctor Fandiño.

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El dedo en la herida.

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A una persona no se la conoce hasta que no te hace daño. Hasta que no sientes esa punzada en el costado. 

Al principio todo son buenas intenciones. Abrazos. Saludos. Letras envueltas en papel de regalo. Te alagan. Te cortejan. Pavos Reales gluguteando. 

Luego llega la apatía. El desplazamiento. La anulación. El desprecio.

No contentos con ello llega la fase del dolor. El daño. La herida. El dedo.

El dedo en la herida hasta llegar bien dentro. 

El dedo en la herida. Víctor Fandiño.

 

Secuencias perdidas.

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Perdidas en un cajón. Acumulando polvo en el escritorio. Solas y sucias. Dentro de la carpeta /Guiones/ que está centros de /Mis Documentos/. Ahí se encuentran.

Nadie las leyó.

Quieren salir y dar la cara. Saber si son escoria o merecen la emoción del lector/espectador.

Secuencias perdidas. Víctor Fandiño.

Tiempo.

Hacía mucho tiempo que no se veían. Tanto que no recordaban como sonaban sus pieles al acariciarse. Igual era demasiado tiempo. Tiempo, que curioso.

Hubo un tiempo en que se amaron. Se amaron tanto que se olvidaron de sí mismos. Él era ella y ella era él. Uno solo. Un alma. Unas mismas manos. Un mimo corazón.

Con el tiempo todo se fue desdibujando. Igual que cuando no has dormido y a la mañana siguiente no sabes si lo que ves es real o no. Igual que cuando se derrama un vaso de agua en una carta escrita a mano.

Con el tiempo se fueron acostumbrando. La costumbre hizo que llegara el dolor. Del dolor se pasó al odio. Del odio a la indiferencia. Y todo ello por culpa del tiempo.
El inexorable tiempo. Un tiempo que juraron compartir hasta el fin de los tiempos.

Tiempo. Víctor Fandiño.

¿quién?.

¿Quién te mira?.
¿Quién te habla?.
¿Quién marca tu minuto?,
¿tu segundo?,
¿tu vida?.
¿Quién?

¿Quién te hace tirar de las sábanas?.
¿Comerte los días?.
¿Gastar tus zapatillas?.
¿Quién?.

¿Quién mueve tus hilos?,
¿ahonda en tu alma?,
¿remueve tu café?.
¿Quién?

¿Quién te sueña?.
¿Quién te vela?
¿Quién te mece?
¿Quién te arropa?

¿Quién?

¿Quién?. Víctor Fandiño.

la lluvia.

me encanta el olor mojado de madrid,
huele a limpio,
a lo más limpio que madrid puede oler.

me encanta caminar bajo mil gotas,
me hace sentirme vivo.

Escuchar la música del golpear del agua contra el asfalto.
Millones de gotas kamikaze muriendo para mojar…

El suave golpear en la cabeza,
el pelo mojado,
el sonido de las zapatillas al andar:
chaf, chaf, chaf…

un café caliente en el bar,
escaparates empañados,
dibujos en los charcos:
espirales de agua sin sal.

el ataque de las hienas.

Sólo veía el verde césped. Un verde que se clavó en mi retina. El resto de los colores dejaron de existir.
Me cogieron por sorpresa. Cuando menos lo esperaba. Como hienas saltaron sobre mi espalda y caí. Sólo veía el verde césped. Desmembrado huí arrastrándome a unos arbustos. Ellas reían mientras me dejaban marchar. Sólo querían marcarme. Hacerme daño. Lo demás no les importaba nada.

la Insistencia.

Me llamaba una y otra vez. Sin descanso. Repetitivamente. El sonido del teléfono se instaló en mi cabeza. Ya casi dejé de percibirlo. Primero me causaba una sensación de ira irrefrenable. Quería destrozar el celular contra la pared. Arrojarlo a decenas de metros de distancia. ¡No quiero saber nada más de ;ti!. ¡Déjame en paz!. Después me acostumbré. Sonaba a las ocho, a las 10. Hacía una pausa de tres horas hasta la una. Me reventaba la siesta de las tres. Lo tomaba con despecho. Ignoraba su insistencia.
Pasados los día inicié una etapa de negociación. Fue imposible llegar a un entendimiento.
Señor comercial de telefonía móvil: no quiero una nueva tarifa en su compañía.

la insistencia. Víctor Fandiño.

la cita

Como cada mañana, me he levantado muy temprano. Me he afeitado primero, duchado y peinado después. Para el pelo utilizo cera. Es más suave que el gel y no deja residuos. Además el peinado puede aguantar unas seis horas en perfecto estado. También he usado una de esas cremas para hombre. Llevan colágeno y un sin fin de sustancias más que hacen que mi piel quede tan tersa como la de un chaval de quince años. La verdad es que yo no noto la diferencia, pero debe ser que los resultados se ven después de varias aplicaciones. Al menos es lo que pone en la cajita. 
Una vez limpio, me he vestido con la ropa que previamente escogí anoche. La camisa está perfectamente planchada. Seleccioné la temperatura recomendada por el fabricante y, por si acaso, probé en una esquinita. Primero planché las zonas más extensas, el delantero y la espalda, teniendo especial cuidado en la tapa de los ojales y el bolsillo. Después planché las mangas, marcando perfectamente la raya, los puños y el cuello. Me encanta la sensación de una camisa recién planchada. El suave tacto del algodón, aún caliente, con mi espalda. 
Para la parte de abajo he preferido algo que me dé un toque más informal. Los vaqueros anchos de cintura baja tienen ese aspecto underground. No quiero parecer un pijo, pero tampoco un marginal. El término medio es lo correcto. Siempre me ha gustado el equilibrio, no soy un hombre de extremos. Por eso he elegido un calzado acorde a mis principios. Son unos zapatos, pero de corte moderno. Huyo del clasicismo de los castellanos pero también de la informalidad de las zapatillas.
Finalmente me he puesto una chaqueta americana. La heredé de mi padre. Él la usaba cuando tenía aproximadamente mi edad. Es el toque final que marca mi estilo. Un punto retro.
Ya es la hora. Tengo que darme prisa o no voy a llegar. Me miro en el espejo y me retoco el pelo. Un par de golpes con los dedos buscando el look despeinado. Cojo el perfume de los fines de semana y lo rocío en mi cuello y muñecas. Ni mucho ni poco, de nuevo soy equilibrado en esto.
Bajo a la calle. En el espejo del ascensor repaso cada uno de los detalles. Todo está perfecto. No hay nada dejado al azar. Llego a la planta baja y salgo por la puerta. Estoy nervioso, muy nervioso. Noto mi corazón taquicárdico y como mis piernas se quedan sin fuerzas. Tomo aire. Aspiro, expiro. Aspiro, expiro. Me digo a mi mismo que todo va bien. 
Miro el reloj para confirmar que estoy en tiempo. Efectivamente lo estoy. Son la 08.44. Me siento en el banco que hay frente a mi portal y espero. Ya está aquí, puntual como todos los días. Me encanta verla caminar hacia mi con ese andar altivo. Camina con la seguridad y la arrogancia de las bellas. Su cuerpo parece bailar con todo lo que la rodea. Ella no se mueve, flota. 
Hoy lleva el pelo suelto y el aire juguetea con su melena. Puedo ver brillar sus ojos desde lejos. Son de un azul tan intenso que avergüenzan al cielo. Luce una sonrisa cautivadora, equilibrada. Ni es mueca ni carcajada. Es como una caricia que sale de su boca.
Se acerca lentamente, como sacada de una película de Wong Kar-Wai. Mi pulso se acelera. Me quedo paralizado. Está a escasos metros. Un escalofrío recorre mi espalda. Puedo olerla. Ya está aquí…
Ella sigue de largo. Hoy tampoco me ha mirado. Al menos me ha regalado el rastro de su perfume. Recuperaré el pulso y volveré a casa. Tengo que descansar. Mañana vuelvo a madrugar. Mañana volveré a esperarla.

el túnel

Es de noche. Una noche sin luna. Noche cerrada. Conduzco sin rumbo. Vivo sin rumbo. 
La carretera está mojada. Me encanta como suena una carretera con agua. Es como un susurro. 
Piso a fondo el acelerador. La velocidad inclina mi cuerpo hacia atrás. Suena la música. Creo que es Burial. Si, seguro que es Burial. Es la banda sonora perfecta para esta noche. Música oscura, subterránea. 
Serpenteo entre las curvas que rodean el valle. Izquierda, derecha. Curvas cerradas. Curvas abiertas. Bailo con la carretera.
Al fondo la mancha oscura de la montaña. Vigilante. Amenazadora. Me acerco al túnel que la atraviesa. La gran herida en la piedra. Una vez dentro las luces iluminan el interior del coche intermitentemente. Parece una luz estroboscópica. Hipnótica. cierro los ojos y empiezo a contar:

uno, dos, tres, cuatro, cinco…
Tengo que llegar a diez. Si no llego a diez la vida no tendrá sentido. Si no llego a diez no merezco vivir.
… seis, siete, ocho…
Si llego a diez todo cambiará. Si llego a diez la suerte me sonreirá. Si llego a diez seré feliz. Todo será como soñé que iba a ser. Si llego a diez esta triste amargura desaparecerá nada más cruzar el túnel… este maldito túnel que hirió a la montaña.
… nueve…
Si llego a diez…

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