la cita

Como cada mañana, me he levantado muy temprano. Me he afeitado primero, duchado y peinado después. Para el pelo utilizo cera. Es más suave que el gel y no deja residuos. Además el peinado puede aguantar unas seis horas en perfecto estado. También he usado una de esas cremas para hombre. Llevan colágeno y un sin fin de sustancias más que hacen que mi piel quede tan tersa como la de un chaval de quince años. La verdad es que yo no noto la diferencia, pero debe ser que los resultados se ven después de varias aplicaciones. Al menos es lo que pone en la cajita. 
Una vez limpio, me he vestido con la ropa que previamente escogí anoche. La camisa está perfectamente planchada. Seleccioné la temperatura recomendada por el fabricante y, por si acaso, probé en una esquinita. Primero planché las zonas más extensas, el delantero y la espalda, teniendo especial cuidado en la tapa de los ojales y el bolsillo. Después planché las mangas, marcando perfectamente la raya, los puños y el cuello. Me encanta la sensación de una camisa recién planchada. El suave tacto del algodón, aún caliente, con mi espalda. 
Para la parte de abajo he preferido algo que me dé un toque más informal. Los vaqueros anchos de cintura baja tienen ese aspecto underground. No quiero parecer un pijo, pero tampoco un marginal. El término medio es lo correcto. Siempre me ha gustado el equilibrio, no soy un hombre de extremos. Por eso he elegido un calzado acorde a mis principios. Son unos zapatos, pero de corte moderno. Huyo del clasicismo de los castellanos pero también de la informalidad de las zapatillas.
Finalmente me he puesto una chaqueta americana. La heredé de mi padre. Él la usaba cuando tenía aproximadamente mi edad. Es el toque final que marca mi estilo. Un punto retro.
Ya es la hora. Tengo que darme prisa o no voy a llegar. Me miro en el espejo y me retoco el pelo. Un par de golpes con los dedos buscando el look despeinado. Cojo el perfume de los fines de semana y lo rocío en mi cuello y muñecas. Ni mucho ni poco, de nuevo soy equilibrado en esto.
Bajo a la calle. En el espejo del ascensor repaso cada uno de los detalles. Todo está perfecto. No hay nada dejado al azar. Llego a la planta baja y salgo por la puerta. Estoy nervioso, muy nervioso. Noto mi corazón taquicárdico y como mis piernas se quedan sin fuerzas. Tomo aire. Aspiro, expiro. Aspiro, expiro. Me digo a mi mismo que todo va bien. 
Miro el reloj para confirmar que estoy en tiempo. Efectivamente lo estoy. Son la 08.44. Me siento en el banco que hay frente a mi portal y espero. Ya está aquí, puntual como todos los días. Me encanta verla caminar hacia mi con ese andar altivo. Camina con la seguridad y la arrogancia de las bellas. Su cuerpo parece bailar con todo lo que la rodea. Ella no se mueve, flota. 
Hoy lleva el pelo suelto y el aire juguetea con su melena. Puedo ver brillar sus ojos desde lejos. Son de un azul tan intenso que avergüenzan al cielo. Luce una sonrisa cautivadora, equilibrada. Ni es mueca ni carcajada. Es como una caricia que sale de su boca.
Se acerca lentamente, como sacada de una película de Wong Kar-Wai. Mi pulso se acelera. Me quedo paralizado. Está a escasos metros. Un escalofrío recorre mi espalda. Puedo olerla. Ya está aquí…
Ella sigue de largo. Hoy tampoco me ha mirado. Al menos me ha regalado el rastro de su perfume. Recuperaré el pulso y volveré a casa. Tengo que descansar. Mañana vuelvo a madrugar. Mañana volveré a esperarla.

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el túnel

Es de noche. Una noche sin luna. Noche cerrada. Conduzco sin rumbo. Vivo sin rumbo. 
La carretera está mojada. Me encanta como suena una carretera con agua. Es como un susurro. 
Piso a fondo el acelerador. La velocidad inclina mi cuerpo hacia atrás. Suena la música. Creo que es Burial. Si, seguro que es Burial. Es la banda sonora perfecta para esta noche. Música oscura, subterránea. 
Serpenteo entre las curvas que rodean el valle. Izquierda, derecha. Curvas cerradas. Curvas abiertas. Bailo con la carretera.
Al fondo la mancha oscura de la montaña. Vigilante. Amenazadora. Me acerco al túnel que la atraviesa. La gran herida en la piedra. Una vez dentro las luces iluminan el interior del coche intermitentemente. Parece una luz estroboscópica. Hipnótica. cierro los ojos y empiezo a contar:

uno, dos, tres, cuatro, cinco…
Tengo que llegar a diez. Si no llego a diez la vida no tendrá sentido. Si no llego a diez no merezco vivir.
… seis, siete, ocho…
Si llego a diez todo cambiará. Si llego a diez la suerte me sonreirá. Si llego a diez seré feliz. Todo será como soñé que iba a ser. Si llego a diez esta triste amargura desaparecerá nada más cruzar el túnel… este maldito túnel que hirió a la montaña.
… nueve…
Si llego a diez…

la gacela

La música se apagó. Las luces se encendieron. Tú seguías bailando, en el centro del local, como si tuvieras tu propia banda sonora. Te movías lentamente. Parecía que hacías el amor con el aire que circulaba a tu alrededor. 

Una veintena de ojos te observaban con esa mirada sucia que desnudaba tu cuerpo. Mis pupilas no fueron tan valientes y se escondieron en el fondo del vaso de ron con hielo. Pedí el último y tú te acercaste. Pronunciaste algo que solo tú entendiste y decidí ser valiente. Me asomé a tu cuello y susurré que me amaras. Volviste a contestarme algo ininteligible. Me levanté y tomé el camino a la puerta. Saliste a mi encuentro pero te caíste de los tacones y fuiste presa fácil para aquella manada de ojos que terminó devorándote. Igual que una gacela entre los leones.

el mar de la tranquilidad

Qué tranquilidad se encuentra

sumergido en el mar de tu cama.
Entre las olas de tus sábanas.
Amarrado al puerto de tus piernas.
Qué suave es la brisa
en la noche de tu cuarto.
Entre la cala de tu armario
y la playa de tu alfombra.
Cómo brillan las estrellas
en el cielo de tu techo,
cuando atardece tu persiana,
bajo el árbol de tu almohada.

ausenc as

La ausencia no es la falta de alguien.

La verdadera ausencia es pensar que ese alguien te ha olvidado
Ausenc a.
Ausente.

equilibrio imposible



cómo te odio y 
cuánto te quiero. 

qué lastima que no conectemos, 
que no nos amemos… 

recorro tus calles 
con ternura, 
como si acariciase la espalda 
de un amor de madrugada. 

escucho tu ruido, 
palabras entrecortadas 
y hablo a solas contigo. 
monólogos de soledad compartida. 

te añoro y me alejo 
me marcho y vuelvo 
quizás un día encontremos 
el equilibrio imposible.



antena

Desde mi ventana: en la oscuridad me convierto en nada y escapo por la antena del televisor. Me elevo poco a poco entre esas nubes que parecen reventar de melancolia y exploto en mil y un pedazos que se pierden entre el humo negro de la negra ciudad.
Si alguien me encuentra que no intente repararme.

soledades de barra

Ojos tristes que se pierden buscando algo que nunca encontrará. Algo que perdió un día de lluvía. Puede que fuera el amor. El sueño de algo mejor.
Sus manos tiemblan por el dolor de estar perdido. Porque sabe que nunca volverá a encontrarse.
Recorre tabernas para olvidarse de todo. De quién es él y quién es el ojo que le escruta.

soledades de barra. Víctor Fandiño.

El cielo rasgado

Una herida en el cielo. Un rasguño blanco que parte el horizonte. Una señal. Un aviso. 

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